A la mañana,
cuando sale el sol
es inevitable respirar.
Y,
cuando él te da en la frente,
en el medio del día,
en la mitad de la osadía,
y los placeres empiezan la huida,
respirar es necesario.
Todo lo contrario,
a sentirse fiel.
A pasear de la mano.
Ni mucho menos enamorado
de las situaciones de la vida.
Y a la noche,
te visita la voz del dueño
que consigo lleva la bronca
de que no sigas las normas,
e intentando conciliar el sueño,
con dios como testigo,
cuan sincero quieres tu,
que todo aquello te importe un comino.
Y a pesar de las presiones.
Puedes desconectarte y dormir.
Y en un viaje astrobiográfico.
Encuentras a tus arañas
Y vos apareces inmovilizado
en esa pegajosa trampa.
Y ellas sin alma en los ojos
babeándote las entrañas.
Y la forma de escapar,
rezando con el corazón.
Es volver a conciliar el sueño.
Y volver a sentir la mañana.
Cuando vuelve a salir el sol.
Y otra vez a respirar.
Pero hoy nada bueno va a huir de mi.
Aunque respirar sea inevitable.