Aquella vez en la montaña de Bolivia sentí que me hablaban. Me explicaban con certeza sobre el hecho de esforzarse y ser reconocido. Del proceso y sus tiempos. Esa vez, dentro de mi, y lejos de todo, logré redimir un mes de esfuerzo en solo un instante. El desierto que rodeaba la montaña me hablo. La montaña me habló. Las aves me hablaron. Las plantas me hablaron. Ninguna voz pronunció algún sonido. Solo el hecho de saberlo creció en verdad y destruyó la duda que se mostraba en cada acto. Ya no pude mentirme. No pude. No puedo.
Desde ese momento todo me habla. Sin sonido se muestra en esencia y en acción. Y así me comunico hacia el mundo que nos aturde.
Algunos meses después escuché una canción y me di cuenta que no estaba solo. Solo hay que aprender a escuchar.
...Y puedo ver que solo estallan las hojas al brillar, y se produce en ello tanta luz, que ni las piedras ocultan su vida para mi, y parecen dormir...
...Y ya no hay nada que decir...
...Por fin...
Cada uno de nosotros tiene algo que decir sin palabras. Después de haber escuchado sin sonidos.
miércoles, 5 de julio de 2017
lunes, 3 de julio de 2017
El miercoles
Los miércoles el bar de los malandras se llenaba de sucios.
Un charco de agua reflejaba en el piso los rostros podridos y reventados contra años de malas desiciones. Las mesas llenas de estúpidos y los vasos llenos de muerte enternecían aún hasta al mas desalmado asesino de niños.
Polvo, pestes y perros jugaban al envido por centavos. Quizás para darle valor a algún ganador, que ya no sentía valor.
El miércoles 6 de Julio de 1977, cuenta el chueco Zanón, que ante las miradas borrachas de todos, entró El Cristo por la puerta principal. Un instante perenne quedó suspendido en el ambiente. Nadie se movió. Solo un viejo con ochenta y siete vidas de gato se levantó en el fondo. Le dio un trago a su hierro quina y pidió otro vaso mas.
Los mas cercanos dicen que rezó tosiendo. Se dirigió hacia la puerta que da al oeste y antes de salir soltó hacia El Cristo: Ahí le dejo un trago de esta vida. A este lo pago yo. Y el alma se le desprendió del pecho.
Un charco de agua reflejaba en el piso los rostros podridos y reventados contra años de malas desiciones. Las mesas llenas de estúpidos y los vasos llenos de muerte enternecían aún hasta al mas desalmado asesino de niños.
Polvo, pestes y perros jugaban al envido por centavos. Quizás para darle valor a algún ganador, que ya no sentía valor.
El miércoles 6 de Julio de 1977, cuenta el chueco Zanón, que ante las miradas borrachas de todos, entró El Cristo por la puerta principal. Un instante perenne quedó suspendido en el ambiente. Nadie se movió. Solo un viejo con ochenta y siete vidas de gato se levantó en el fondo. Le dio un trago a su hierro quina y pidió otro vaso mas.
Los mas cercanos dicen que rezó tosiendo. Se dirigió hacia la puerta que da al oeste y antes de salir soltó hacia El Cristo: Ahí le dejo un trago de esta vida. A este lo pago yo. Y el alma se le desprendió del pecho.
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