Aquella vez en la montaña de Bolivia sentí que me hablaban. Me explicaban con certeza sobre el hecho de esforzarse y ser reconocido. Del proceso y sus tiempos. Esa vez, dentro de mi, y lejos de todo, logré redimir un mes de esfuerzo en solo un instante. El desierto que rodeaba la montaña me hablo. La montaña me habló. Las aves me hablaron. Las plantas me hablaron. Ninguna voz pronunció algún sonido. Solo el hecho de saberlo creció en verdad y destruyó la duda que se mostraba en cada acto. Ya no pude mentirme. No pude. No puedo.
Desde ese momento todo me habla. Sin sonido se muestra en esencia y en acción. Y así me comunico hacia el mundo que nos aturde.
Algunos meses después escuché una canción y me di cuenta que no estaba solo. Solo hay que aprender a escuchar.
...Y puedo ver que solo estallan las hojas al brillar, y se produce en ello tanta luz, que ni las piedras ocultan su vida para mi, y parecen dormir...
...Y ya no hay nada que decir...
...Por fin...
Cada uno de nosotros tiene algo que decir sin palabras. Después de haber escuchado sin sonidos.