Esta mañana estuve pensando en libros que leía en la adolecencia. En los libros de Franz Kafka y Hermann Hesse. Y me acordé del baile de máscaras de El lobo estepario. Y de cuántas máscaras llevamos en nuestra vida. No importa que creamos que no llevamos máscaras. Cuando pensamos eso llevamos la máscara de creer que no llevamos máscara. Enonces en el medio de este embrollo, en el medio de Lima, en Perú, empecé a analizar mis máscaras al estilo Sherlock Holmes. Elemental mi querido Watson.
Entonces descubrí que la señora que limpia el lugar donde estoy, cada vez que esta realizando algún quehacer y le pregunto algo, se viste con una máscara sorda, una máscara sorda que no escucha la pregunta pero que sabe que le hablan a ella, y emite una onomatopeya conquistadora, aunque vacia de comunicación. Y como yo en este tiempo estuve con mi máscara en estilo Holmes y ya sabía que la señora tenía puesta su máscara de onomatopeya; estaba seguro que no me iba a responder. Y cambié, me puse mi máscara Zen para no reaccionar. Yo tengo una máscara modo zen de cuando estudié Reiki. La tengo siempre a mano por si la necesito, pero también se que uno no puede abusar de ella, porque te chupa la máscara como a Jim Carrey en La Máscara. Por usarla tanto tiempo uno puede olvidarse que la lleva puesta y creer que no pero si. Uno desde su propia perspectiva no ve su propia careta, y al mismo tiempo, las demás personas están observando los detalles más distintivos de esta. Por eso no hay que dejarsela puesta todo el tiempo. Más vale no correr el riesgo de olvidarse que uno mismo es, por el simple hecho de ser. Y no por las caretas que vestimos para afrontar las situaciones de la vida.
Entonces seguí haciendo las tareas con mi máscara zen hasta que salí a caminar al centro de Barranco. Abrí la puerta de salida e instantáneamente cuando puse un pié en la calle cambié mi máscara zen por una más urbana. Elegí la de los viernes a la tarde. Una careta para salir a pasear, informal aunque predispuesta a pertenecer a la clase que tiene dinero, esa que tiene la mirada altanera y con una tranquilidad despreocupante. El centro de Barranco es hermoso. Tiene grafitis por todos lados y un batallón de personas caminando por él, todas con sus caretas puestas para instagram. Selfie por acá. Selfie por allá. Selfi en el puente de los suspiros. Selfie de parejas con sus caretas de amor puro instagramer. Un centro histórico como un baile de máscaras.
Por una pulsion interna, estando en ese lugar cambié mi máscara a la de Sherlock Holmes de nuevo, y descubrí algo terrorífico. Entendí que creamos el mundo a través de estas máscaras, pero sólo percibimos la vida de acuerdo a estas máscaras. Me di cuenta por mi mismo, cuando estando en una esquina con mi máscara de pasear cambié a la de Sherlock, al instante apareció a un metro de distancia y como por arte de magia, una abuelita pidiendome dinero para comer. ¿Pero como? Hace 10 segundos no estaba ahí. Y si. Comprendí a la sociedad de la que somos parte. No fue magia. Fue mi máscara de pasear que no contempla la pobreza de las demás personas. Simplemente no están. No se ven con esa máscara. Ni con la de Instagram, ni con la de ceo de compañía internacional, ni con la de político de derecha, ni con la de zombie mediático. Así es. Sólo se ve esa realidad con máscaras de austeridad. En ese momento entendí que la sociedad es una celebración mundial de caretones. Y que sólo los que tienen honor y amor por el prójimo tienen la desdicha de ver los problemas sociales. Que hay que tener fuerza interna y valores humildes para ponerse una mascara que aparente fuerza interna y valores humildes. Que toda la vida es un baile de máscaras. Y que ellas no son nuestro íntimo ser si no que solo muestran el ideal que intentamos aparentar.
Entonces descubrí que la señora que limpia el lugar donde estoy, cada vez que esta realizando algún quehacer y le pregunto algo, se viste con una máscara sorda, una máscara sorda que no escucha la pregunta pero que sabe que le hablan a ella, y emite una onomatopeya conquistadora, aunque vacia de comunicación. Y como yo en este tiempo estuve con mi máscara en estilo Holmes y ya sabía que la señora tenía puesta su máscara de onomatopeya; estaba seguro que no me iba a responder. Y cambié, me puse mi máscara Zen para no reaccionar. Yo tengo una máscara modo zen de cuando estudié Reiki. La tengo siempre a mano por si la necesito, pero también se que uno no puede abusar de ella, porque te chupa la máscara como a Jim Carrey en La Máscara. Por usarla tanto tiempo uno puede olvidarse que la lleva puesta y creer que no pero si. Uno desde su propia perspectiva no ve su propia careta, y al mismo tiempo, las demás personas están observando los detalles más distintivos de esta. Por eso no hay que dejarsela puesta todo el tiempo. Más vale no correr el riesgo de olvidarse que uno mismo es, por el simple hecho de ser. Y no por las caretas que vestimos para afrontar las situaciones de la vida.
Entonces seguí haciendo las tareas con mi máscara zen hasta que salí a caminar al centro de Barranco. Abrí la puerta de salida e instantáneamente cuando puse un pié en la calle cambié mi máscara zen por una más urbana. Elegí la de los viernes a la tarde. Una careta para salir a pasear, informal aunque predispuesta a pertenecer a la clase que tiene dinero, esa que tiene la mirada altanera y con una tranquilidad despreocupante. El centro de Barranco es hermoso. Tiene grafitis por todos lados y un batallón de personas caminando por él, todas con sus caretas puestas para instagram. Selfie por acá. Selfie por allá. Selfi en el puente de los suspiros. Selfie de parejas con sus caretas de amor puro instagramer. Un centro histórico como un baile de máscaras.
Por una pulsion interna, estando en ese lugar cambié mi máscara a la de Sherlock Holmes de nuevo, y descubrí algo terrorífico. Entendí que creamos el mundo a través de estas máscaras, pero sólo percibimos la vida de acuerdo a estas máscaras. Me di cuenta por mi mismo, cuando estando en una esquina con mi máscara de pasear cambié a la de Sherlock, al instante apareció a un metro de distancia y como por arte de magia, una abuelita pidiendome dinero para comer. ¿Pero como? Hace 10 segundos no estaba ahí. Y si. Comprendí a la sociedad de la que somos parte. No fue magia. Fue mi máscara de pasear que no contempla la pobreza de las demás personas. Simplemente no están. No se ven con esa máscara. Ni con la de Instagram, ni con la de ceo de compañía internacional, ni con la de político de derecha, ni con la de zombie mediático. Así es. Sólo se ve esa realidad con máscaras de austeridad. En ese momento entendí que la sociedad es una celebración mundial de caretones. Y que sólo los que tienen honor y amor por el prójimo tienen la desdicha de ver los problemas sociales. Que hay que tener fuerza interna y valores humildes para ponerse una mascara que aparente fuerza interna y valores humildes. Que toda la vida es un baile de máscaras. Y que ellas no son nuestro íntimo ser si no que solo muestran el ideal que intentamos aparentar.